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El equipo de mis sueños

  • Foto del escritor: Pablo Puente
    Pablo Puente
  • hace 8 horas
  • 3 min de lectura

Durante catorce años soñamos con este momento. Con el instante en el que las cosas, por fin, volverían a su sitio. Con tres pitidos del colegiado que dieran paso a un estallido de júbilo o, quizás, a un extraño silencio y las lágrimas que anunciarían el retorno a Primera División. Finalmente sucedió. El Racing ha vuelto a la élite y me pregunto ahora con qué seguiré soñando...


Quizá con Íñigo Vicente parando el tiempo, de lado, con la cabeza erguida y la mirada puesta en el espacio exacto al que dirigir el balón. Y con su socio de fantasía, Villalibre, que al segundo de entregar de cara sale en estampida con potencia animal para definir cruzado ante el achique del portero.


Pensaré en Andrés demostrando su voracidad de lobo hambriento en el área, o en Peio Canales saliendo airoso de los agarrones con la soltura de un superviviente que se niega a claudicar mientras la grada le pide que se quede. Casi puedo escuchar las indicaciones del comandante Puerta y ponerme de pie con su quite providencial a Yeremay.


Lo siento todo de nuevo: a Mantilla celebrando una entrada a ras de suelo y entrando como un tren de mercancías para rematar de cabeza, metiéndose dentro de la portería hasta chocarse con la valla publicitaria. O a Íñigo, colocándose el brazalete de capitán con el orgullo de toda Cantabria, dispuesto a sudar la camiseta en cada minuto... y también a levantar alguna copa.


El recuerdo proyecta sus flashes en un vaivén continuo. Algunos más difusos, como las huellas de Aldasoro marcando en Cartagena y Zaragoza mientras la silueta de quienes se enfundaron esta camiseta se evapora. Otros son más recientes: Pablo Ramón conduciendo con personalidad y arriesgando en el pase, Salinas ganando un duelo definitivo en el inhóspito costado izquierdo, Jeremy marchándose entre lágrimas desconsoladas, Javi Castro y Facu despejando balones de cabeza con la regularidad de dos obreros del área, o Manu Hernando poniendo el cuerpo como un escudo para repeler el más potente de los disparos rivales.


Las imágenes se suceden sin pedir permiso: Guliashvili tirando un desmarque limpio hacia un pasillo invisible y Maguette girándose con elegancia mientras protege la pelota con la misma facilidad con la que Damián asegura un pase. Los hay que se repiten en bucle en el paladar de la memoria, como Ezkieta haciendo un paradón milagroso bajo la misma línea cuando el gol se cantaba en la tribuna, Suli jugándosela una y otra vez en el uno para uno, y Sangalli postrándose ante La Gradona en un hermoso rito de comunión después de hacer un nuevo gol.


Casi me despertaré del sueño y Eriksson seguirá tarareando la canción de Bad Bunny con su propio nombre, y Mata continuará saliendo en estampida a festejar con sus compañeros, porque el éxito en el fútbol solo es real si se comparte. Hasta aparece Mario secando a Lamine el día en que creías que más iba a sufrir, demostrando que el tamaño del rival no intimida si te sobra corazón; el mes entero de Manex experimentando todas las emociones que este juego es capaz de activar en el sistema nervioso, y Arana, que cuando está al cien por cien hace que en los Campos se respire una enorme ilusión...


Ya lo sé. Me seguiré acordando de ellos. Porque pase lo que pase mañana, cuando el fútbol vuelva a empezar y los impostores habituales del éxito o el fracaso giren su rueda, permanecerá el recuerdo de este bloque. El recuerdo de un grupo que, con sus complicidades salvajes y sus tardes de trinchera, fue el equipo de mis sueños.

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